domingo, 30 de septiembre de 2018

El desafío de volver a casa

Caminar sola por la calle a la noche es mi mayor pesadilla.
Volviendo a casa a las doce de la noche, mi hermano me dijo que me tome el colectivo, que él me iba a buscar de la parada.
Un señor y yo bajamos en la misma, sentí que me miro mucho y eso ya me puso incomoda, porque no había nadie más. Por suerte doblo para otro lado y lo perdí de vista.
No había ni una sola persona, pasaban algunos autos muy de vez en cuando.
Fabian no había llegado todavía. Me da pánico estar en la calle sola, no hay nada que odie más. No quería estar ni un segundo mas ahí. Me dije a mi misma "Bancatela, camina y ya te lo vas a encontrar, debe estar llegando, peor es estar aca", algunos conductores se paraban a mirarme así que me alejo lo más que puedo de los autos.
Empiezo a caminar, a mirar para todos lados, nadie. Entonces corro, porque necesito llegar ya.
Después de las primeras dos cuadras veo a unos hombres tomando cerveza en la esquina, ¿eso me tiene que tranquilizar porque ya no estoy sola en la calle?
Pare de correr para no parecer tan asustada, me cruze para la de en frente, por las dudas, y mientras camino escucho a uno decir "¿tan linda y así de solita por la calle? ¿a vos te parece?", miedo, miedo, miedo. Empiezo a correr otra vez, me late fuertisimo el corazón, hago una cuadra más y me animo a mirar para atras, nadie, otra vez. Miedo. No tengo aire pero no me animo a parar, este camino es eterno.
Veo venir a mi hermano unos metros más adelante, vuelvo a tener alma. Justo dejo de correr y se me para un auto al lado mio. Miedo. Una señora me pregunta desde la ventanilla "¿Estas bien? ¿Te paso algo?", claro, estaba sola corriendo (y tan asustada) que era preocupante; "Estoy bien" digo y lo apuntó a Fabian que ya estaba en frente mio. La mujer le dice a él "Tene cuidado que había un par de degenerados en la otra esquina" y se va.
"¿Estas bien? ¿Te hicieron algo?" me pregunta, le digo que no, pero se me quiebra la voz, me pongo a llorar.
¿Es qué cómo te explico? No, no me hicieron nada, ¿o si? O acaso esos tipos, como todos los que me gritan en la calle, me chiflan, me tocan bocina, los que me tocan sin mi consentimiento, los que me miran asquerosamente, los que me acosan desde los 9 años, todos esos, ¿No me hicieron algo? ¿No me condicionaron a vivir una vida llena de miedo?
Es que estoy en la calle, puedo ir a donde yo quiera. Y sin embargo no me siento libre, me siento más acorralada que nunca, me sofoca. Salir de mi casa todos los días para mi es un desafío, uno que solo supero cuando logro volver sana y salva.
Tengo tanto miedo, tanta indignación encima de tener que vivir así, de no sentirme segura en ningun lado, ni en la trabajo, ni en la facultad, ni en el boliche, ni en el colectivo, en ningún lado. Vivo en estado alerta, todo el tiempo asustada, lista para salir corriendo.
Hoy llegue a mi casa, todavía no puedo dejar llorar.
No puedo dejar de pensar, que algún día mi hermano se retrase un poquito, y yo no tenga tanta suerte, no tenga la posibilidad de escribirlo, no tenga la posibilidad de salir a la calle otra vez a dar pelea. Tengo miedo de que algún día sea mi nombre el que aparezca en las noticias, que se me recuerde como un número más de las tantas, de las que no pudieron volver con su familia.
Que difícil es vivir con miedo, que dificil es ser mujer.

lunes, 3 de septiembre de 2018

A E P D S

Abajo del sol, desaparece esta soledad desesperante.
Después de estrangularme, de ahogarme.
El día salva a el alma.
El dolor se apacigua debajo de él.
Aquella despedida es sutilmente disimulada entre sonrisas.
Pero al anochecer, atormenta ese adiós.
Se dificulta descansar.
Si dormir es despiadado sin su piel.
Si aquellos sueños piden por su alma, por su esencia, por su ser.
Sin él es difícil.
Pero siempre sale el sol, de eso estoy segura.



jueves, 16 de agosto de 2018

Un texto sin forma

Son las doce y media del mediodía de un jueves, y yo no sé que hacer.

Estas horas que paso sola,
encerrada en mi casa
(en mi cabeza),
siento que todo esto es tiempo perdido.
Es tiempo que podría pasármelo acariciándote,
pero no,
estoy acá escribiéndote
y no es lo mismo.

Mi té de desayuno
ya no tiene el mismo sabor,
si lo tomo en la soledad de mi mesa
y no viene acompañado
de un beso tuyo.

Leí que en el momento
que uno verdaderamente se conoce a sí mismo
es cuando no depende
de hablar con otra persona todo el tiempo
y no necesita dormir acompañado.
¡Que ganas de ser suficiente para mí!
pero los días eran más soleados
cuando me despertaba en tus brazos.

Y pensándolo bien,
tampoco tengo muchas ganas de conocerme
a mí misma,
no me soporto.
Volver a ser yo,
cuando no me importa nada ni nadie,
es ser libre
pero también es ser una persona muy diferente
a quién soy ahora.
Es dejar ir esta finita vida que formamos
juntos
para comenzar otra.

Otra vida
donde no tenga a mi voz interior diciéndome
"hablale,
llamalo y háblale por cinco minutos,
nadie se va a enterar,
no va a pasar nada",
donde no necesite saber si estas en línea,
donde los buenos días puedan empezar en otro lugar
que no sea tu cama.

Lo que escribo ya no tiene forma
porque así me siento,
indefinida
sin determinaciones.

Ya quiero dejar de extrañarte,
dejar de sentir
este dolor en el pecho
que no me deja seguir adelante.

Ojala que vos
también puedas curarte
y no volver a mí,
ser tu mejor versión
lejos de gente tóxica
(como yo)
Y brillar
como solo vos sabes hacer
con tu alma pura
y tu sonrisa.

Nos deseo lo mejor a los dos,
porque todo pasa,
y eso siempre lo supe.
(Aunque este limbo en el vacío
donde me encuentro ahora
parece interminable)



miércoles, 1 de agosto de 2018

¿Cómo?

Yo me pregunto ¿Cómo se vive con el corazón roto?
¿Cómo se camina, como se habla, cómo se va a trabajar?
Si yo intento disimularlo, pero todos se dan cuenta, me miran con esa misma tristeza que yo reflejo (que no puedo ocultar), todos me tratan como algo frágil, como si estuviera al borde de un abismo.
Yo de verdad intento, seguir, manterme positiva. Al menos llorar solo cuando nadie me ve.
Es que esto, lo que siento, está solo en mí ahora, digan lo que digan, sé que yo sola voy a tener que rearmarme y superar. Ya conozco esta historia, eso no la hace más fácil.
Soy tan cliché de escribir siempre de lo mismo. Es que lo hago para mí, para poder soltarte de poco, de a textos.
Es que es muy dificíl dejar ir a alguien que amas tanto, pero peor es saber que ese amor es correspondido, que del otro lado también hay alguien sufriendo; pero nos separan tantas cosas que es imposible correr a sus brazos otra vez.
13.05.18

domingo, 15 de julio de 2018

Cuando (nos) pierdo


Que miedo que me dan esos momentos, en los que me pierdo a mí misma.
Cuando no puedo serme fiel, no puedo confiar en mi, no puedo cumplir con mis ideales que son lo que me forma como persona, cuando me traiciono, cuando siento que me lastimo. Que horror.
Siempre hago que todo sea sobre mí, cuando esto tendría que ser sobre vos.
Algunos dicen, que no podes amar a alguien más antes de amarte a vos mismo. Lo único que sé es que nadie puede decir cuando es correcto, correspondido y está bien amar. Cada uno a su manera.
A veces me enojo tanto con vos, porque te pones en contra de mis argumentos, que para mí tienen un fundamento tan sólido que no puedo entenderte; después te agradezco por eso, por hacerme ver las cosas de una manera diferente, por las distintas perspectivas, por como cambias mi visión sobre todo, me expandís los parámetros, me haces reinventarme cada vez más, me llevas a evolucionar.
Y otras veces, me enojo conmigo misma, me odio y a mí si que no me quiero escuchar. Porque yo no tengo razones cuando hago las cosas mal, lo hago porque sí, porque después de todo, esa también es una parte verdadera de mí, y ahí es cuando me detesto. Me doy asco a mi misma cuando me pierdo, cuando me olvido, cuando hago las cosas sin pensar y después me arrepiento.
Que fácil es decir que me equivoque, pedir perdón y listo. Total no se puede deshacer, así que el peso va a terminar siendo solo tuyo. No quiero eso. Tampoco quiero ocultarme, no sé cual de las dos opciones es más deshonesta, más cruel. No sé cuál duele menos.
No sé que hacer, y es una lástima que esta vez no pueda pedirte consejos, que no te tenga a vos para solucionarme, para hacerme ver más opciones.
Porque estas directamente involucrado.
Me siento perdida, no me reconozco, no sé cómo seguir. Ya ni siquiera sé que es lo correcto, o que es lo mejor.
Solo sé que te necesito, porque sos el único que me dice la verdad mirándome a la cara, el único que me enfrenta, el único que me habla sin filtros, que me ve realmente como soy. El que me mira y me reconoce, que siempre me encuentra, que sabe guiarme cuando lo necesito. Que está al lado mío siempre pero sabe como dejarme libre, que no me deja ponerme limites, que no me deja quedarme estancada.
Lo único que entiendo de mí misma ahora, es que te amo.

jueves, 14 de junio de 2018

El texto más largo de mi vida

Voy a escribir, lo que probablemente para mí, sea uno de los textos más largos de mi vida.
Como siempre, escribo solamente para liberarme, y hoy me siento más poderosa que nunca. No tengo miedo, no tengo vergüenza, no me siento sola.
Mis compañeras me dieron la fuerza para poder contar lo que hace años me está consumiendo por dentro, gracias a ustedes, por hacerme invencible. Por enseñarme tanto cada día.
Fue la segunda vez que tenía relaciones sexuales. Yo tenía diecisiete años. No me voy a victimizar, porque me hago cargo de cada una de mis decisiones. Aunque me arrepienta eternamente. Soy responsable de mi cuerpo, lo fui ese día y lo soy hoy.
De lo que más me arrepiento de esa noche, sinceramente, es de mi ignorancia. Sabía que tenía cuidarme, pero no me animaba a pedirlo, lo que iba a pensar de mí, que se iba a dar cuenta que no tenía experiencia, que era una de mis primeras veces. Tenía mil pensamientos en la cabeza, estaba tan nerviosa, tan pensativa, tan callada, probablemente uno de los peores momentos de mi vida, con alguien que le importe muy poco, que no me aviso, que no me cuido, que nunca me dijo nada.
Lo que verdaderamente me avergüenza es lo poco que conocía de mi cuerpo, de la sexualidad en sí, no sabía de los ciclos fértiles, no sabía del líquido preseminal. No sabía de cosas que son fundamentales en la educación sexual.
Ese día pasó sin pena ni gloria para mí, nunca lo volví a ver, o quizás sí, pero todavía me cuesta mirarlo.
Pasó un mes, no estuve con nadie más, me sentía rara, tenía miedo, no confiaba en nadie. No menstruaba y dentro mío ya lo sabía, intentaba ignorarlo, no lo hablaba con nadie. En realidad estaba todo el tiempo triste pero no quería decirlo en voz alta, no quería hacerlo real, “está todo en tu cabeza” me repetía a mí misma.
Un mes y medio. Nada. Ya estaba segura, nadie me lo dijo pero yo sabía. Le decía a mi mamá, medio en chiste para no asustarla, que quería ir a una ginecóloga y que si iba a comprar me traiga coca; así eran solo dos pedidos aislados, nada para preocuparse.
Me fui unos días de viaje, y me prometí a mí misma hablarlo con ella cuando vuelva.
Es que ya no podía sola, no podía dejar y dejar pasar el tiempo, llorar todas las noches, correr al baño cada hora para ver si me bajaba, buscar en google, llorar un ratito más, callarme y sonreír.
Le dije a mi mamá y empezó la tormenta. A la que yo llamo, el huracán de la reina del drama, donde yo era la única protagonista y el único nudo de la historia.
No tenía obra social. La doctora particular nos cobrara trescientos pesos por consulta. Me revisó y me dijo que según las fechas podría ser, pero que por lo que veía en mi cuerpo por ahí no. Me dio la orden para un análisis de sangre y un turno para la semana siguiente.
Me acuerdo cada puto detalle de ese estudio. Fui a la mañana con mi mamá, ya casi no podía mirarla a la cara, no quería sentir esa decepción que tenía en los ojos. Esa misma decepción que yo misma veía cuando me miraba al espejo.
No le respondía a la enfermera, a la recepcionista, a nadie, me costaba articular cada palabra, mil veces peor cuando me preguntaban qué edad tenía.
A la tarde fui a buscar lo resultados con quién en ese momento era mi novio. “Yo estoy para vos, no importa lo que pase” me decía, pero  yo ya me sentía media muerta, media rendida.
Salimos de la clínica, en la esquina de Lincoln vi el positivo. Deje de sentir. Dejo de girar el mundo. Deje de tener un cuerpo. Deje de respirar. Me fui. Pero seguí caminando, no hice ningún gesto que pudiera darle una señal, seguí caminando y me compre un McFlurry. Él me miraba con lástima e insistía en que le diga el resultado, “por cómo estas supongo que dio negativo” me dice, pero él no entendía, porque yo ni siquiera estaba más, yo ya había desaparecido.
Nos sentamos en la plaza, me acosté en el pasto, le di los resultados, le mande un mensaje a mi mamá. Y lloré en la plaza San Martin hasta quedarme sin aire, hasta quedarme sin lágrimas, hasta quedarme sin vida. El helado se hizo líquido y yo no probé ni un bocado.
Me llamó mi tía llorando y me dijo “te amo tanto, más que a nada y no te preocupes que estoy para vos, en todo lo que necesites, siempre te vamos a apoyar, mi negra”,  ¿quién soy yo sin mi familia? Pensé, y en ese momento supe, que yo ya no era nada, que solo importaban ellos, que haría cualquier cosa solo por la felicidad de ellos, porque yo nunca más iba a volver a ser enteramente feliz.
Volví a casa, mami tenía los ojos más rojos que yo, pero intentó trasmitirme confianza. Yo no podía más.
Me encerré en la pieza. Yo ya estaba llorando hace meses. Pero escuchar a mi mamá llorando en el living, por mi culpa. No se lo deseo a nadie, es uno de los sentimientos más horribles que tuve en mi vida. Hacer a llorar a mi mamá así, dios, me sentía el ser más despreciable en el mundo.
“Yo ya estoy muerta” pensaba, “No importa lo que pase, porque ya no existo, tome la decisión que tome, nunca voy a ser la misma. Así que voy a hacer lo que ellos quieran, voy a tener un bebé y ser la mejor mamá del mundo, o no voy a tenerlo. Pero es su decisión, no la mía. Yo ya no estoy.” Me repetía cada segundo en mi cabeza. Sinceramente, ya no me importaba nada de mí misma.
Después se lo tuve que decir a mi papá, por teléfono, él vivía en Neuquén en ese momento. Obviamente fue mi mamá la que hablo con él, yo solo lo escuche, lo salude y él me felicito; “no me sorprende de vos” me dijo, y esas palabras me marcaron hasta el día de hoy. El hombre que me decepciono todos los días durante mis diecisiete años, me dice que eso lo esperaba de mí, que yo era así de predecible, que era obvio viniendo de mi parte.
Me dolía todo, pero nada se compara con lo que fue decírselo a mi hermano. Golpeó las paredes, gritó y lloró como nunca lo vi llorar en mi vida. ¿Saben lo que es decepcionar así a la persona que más amas en el mundo? “Es mi hermanita” gritaba, y yo ya no era nadie. Yo era diminuta comparada con toda la situación.
Pasaron mil cosas en tan poco tiempo. La doctora me dijo que ya no podía hacerlo con pastillas, pero que tenía un colega que hacía ese tipo de intervenciones, nos dio el número. Mi novio me dijo que no lo haga, que él se hacía cargo, que si lo hacía me iba a dejar porque era una asesina. Mis amigas no estaban, no sé qué paso, se lo conté pero después me entere que se difundieron rumores entre los del colegio, creo que todos lo sabían, yo no quería hablar con nadie. Otra de mis tías me hacía tomar litros y litros de un líquido que ella había preparado con unos yuyos, “esto la ayudo a mi hija a menstruar” me decía, y a mí el gusto me daba ganas de vomitar, pero ya estaba resignada. Fuimos al departamento donde este doctor tenía su consultorio, ocho mil pesos nos dijo. Yo vivía encerrada en casa, “voy a dejar de comer hasta morirme” se me ocurrió, pero nunca fui buena para eso. “Voy a cortarme, voy a perder mucha sangre así me olvidó, así dejan de preocuparse por mí, así dejo de hacer mal a mi familia”, pero soy una cobarde, lo fui desde el primer día y lo seguía siendo. No hable más con mi papá, unos meses después me enteré que todo ese tiempo se la paso tomando alcohol y estando borracho todos los días. Con mi hermano nunca hablamos del tema, hasta hoy en día, con solo mirarnos ya nos entendíamos, las palabras estaban de más.
Tenía cita con el doctor una semana antes de navidad. Yo estaba durmiendo la siesta y mi hermano me dice “acá te dejo la plata” y se fue a trabajar. Mi mamá no estaba, me encontraba con ella directamente en el consultorio porque también estaba trabajando.
“Tomate esta pastilla unas horas antes de venir” me había dicho el doctor. Pero nadie me aviso que iba a estar sola en el baño de mi casa, con mi útero retorciéndose y perdiendo tanta sangre, había coágulos en el pasillo, era demasiada, no podía limpiar nada por el dolor, no me podía mover, no podía llamar a nadie; además, ¿con quién me voy a quejar? Si después de todo, yo sola me busque esto.
Estaba muy asustada, perdía un montón de sangre, no sabía si era normal, faltaba una hora para irme, no sabía que hacer. Me quede sentada en el baño hasta que tuve que viajar.
Llegamos, le di la plata a mi mamá y me acosté en la camilla. Quería terminar con todo, “si me tengo que morir, bueno, que así sea” fue mi último pensamiento hasta que la anestesia hizo efecto.
Me desperté de un sueño tan profundo, que no tenía idea de dónde estaba. “Tengo tantas ganas de hacer pis que no me puedo mover” pensé, y cuando me di cuenta, no eran ganas de nada, era puro dolor. El doctor y su esposa me ayudaron a vestirme, a pararme, a salir de la habitación.
Abrace a mi mamá, me dio un poco de fuerzas para seguir, al menos un por un ratito más.
Nos saludamos rápido y salimos a la calle, yo me apoyaba en ella porque apenas podía mantenerme en pie, el camino hasta la remisería fue un infierno, creí que no llegaba. Pero me prometí a mi misma que no me iba a desvanecer en el piso, no le podía hacer eso, tenía que aguantar, tenía que seguir, tenía que llegar a casa.
Después de ese día también pasaron miles de cosas, ninguna buena, obviamente. Lloramos las dos y se fue a comprarme los medicamentos. No me podía levantar, no tenía fuerzas para comer. Sangraba un montón, sangre por más de un mes, creí que no iba a parar nunca, creí que me tendría que resignar a vivir así para siempre. Hacía mucho calor, pasaron las fiestas en mi casa y mi mamá me decía que no me fuerce en la escalera, que no tome alcohol, “es que es un tratamiento para unos problemas que tiene en lo ovarios” le decía a mi familia, y todos nos hacíamos como si lo creyéramos. Me peleaba con mi novio, pero era lo único que tenía. Mis amigas no estaban, no sabían, ya no hablaba con ellas. Seguía sangrando. Un día fui a visitar a mi prima y le manche la cama, me daba vergüenza existir, me encerré en el baño por horas. Más tarde ella me dijo que lo que hice la desilusionó mucho, que no lo esperaba de mí, pero que sabía que lo hice por mi hermano y por mi mamá. Perdí las cuentas de las  personas a las que decepcione, de las noches que no dormí por estar llorando, de la cantidad de toallitas que gastaba por día. Una vez me desperté, y tenía leche en las mamas, “soy una enferma, y tengo un cuerpo enfermo” me decía a mí misma, que odio me tenía, no quería que nadie me toque, ni que me hablen. Me daba vergüenza estar encerrada en mi propio cuerpo. Fue el infierno eterno.
Claro que esto es un pequeño resumen de lo que de verdad fueron todos esos meses. Me prometí a mí misma que me iba a redimir con todo lo que hice, que iba a estudiar, trabajar, de tratar de ser mejor, ayudar a mi familia. A la única persona que se lo conté fue a mi mejor amigo, todavía me cuesta horrores hablar al respecto, no puedo pensarlo ni siquiera que ya se me quiebra la voz. Por años me sentí tan vulnerable y despreciable.
Pero hoy, hoy que se aprobó el proyecto de ley en la cámara de diputados. Que vi a mis compañeras durmiendo con cuatro grados afuera del congreso. Que camine entre ellas, que me llenaron de fuerza, que gritaron por todas. Que puedo ver lo afortunada que fui, por tener los recursos, por tener a mi familia, por tener la plata para hacerlo, para salir viva.
Hoy puedo decirlo, no porque este orgullosa, sino porque al menos, ya no tengo miedo. Porque las tengo a ellas, y nunca más me voy a sentir sola, nunca más voy a estarlo.
Porque me dicen que solo uso el pañuelo verde porque está de moda, porque nos gusta joder, porque queremos hacer quilombo, porque no entendemos nada. Me dicen que no sé por lo que lucho, ni lo que representa. Me dicen que me informe, que lea, que no tengo fundamentos, que ya me voy a olvidar. Y yo solo me rio ¿qué saben ellos?
Hicimos historia, y vamos a seguir luchando para que podamos ser dueñas de nuestro cuerpo, para que las pibas puedan elegir, como yo pude elegir, de seguir con mi carrera, con mi futuro, con mi vida.
Eternas gracias a cada mujer con el pañuelo verde, gracias por hacerme fuerte.
Y ahora, que se viene la revolución, no nos callan más. Porque si no es con las pibas ¿Entonces con quién?