En agosto del 2015 escribí que no creía en el amor adolescente, lo gracioso es que cuatro meses más tarde me puse de novia por primera vez, con todo lo que eso conlleva. Y otros cuatro meses después, me rompieron el corazón y sufrí como nunca creí sufrir en mi vida.
Y siempre me preguntó ¿qué me paso? ¿se me va a pasar en algún momento? No sé nada. Sobreviví y me puse una armadura muy finita. Pero al menos estoy aca. Estoy rota por dentro, con un cuerpo y una mente enferma. Hay pedacitos de mí en cada parte de mi barrio. Tengo cicatrices y heridas por donde me miren. Las disimulo bien. Pero hay fuego y hielo conviviendo dentro mío. Hay tantas cosas.
No sé lo que fue, no es necesario ponerle etiqueta a todo. Fue pasión y fue dolor en su misma cantidad, todo en menos de un año.
Me sentí estúpida, humillada y más que nada, nunca me sentí tan vulnerable.
A veces quiero vomitarme a mí misma, todo lo que tengo adentro, todo me parece venenoso. De vez en cuando me doy asco. Después pensandolo bien me doy cuenta que así siempre fui yo.
Las experiencias te van amoldando. Voy a cumplir 19 años, hoy en día en lo único que creo ciegamente es en el amor.
Leí un montón de cosas sobre la sociedad que me desanima totalmente, dicen que somos la generación de lo efimero, de lo superficial (eso no te lo discuto). Y también dicen, que somos la generación del vacio. Y que equivocados están.
No sé sobre otras épocas; pero si conozco esta. Soy muy observadora.
Hay una mitad sí, vacia, sin ideales, sin proyectos a futuro, sin que les importe nada. Pero nosotros, somos los que le tenemos lástima a ellos.
Yo estoy de el lado, que somos muchos. Estoy del lado de las personas que van a cambiarlo todo, que van a sacudir a los periodistas y sus notas anticuadas. Que vamos a sacudir a la sociedad machista, al capitalismo, a los poderosos. De los que vamos a hacer berrinches por años por cada árbol que cortes. Que vamos a pelear por los animales que matas y no se pueden defender. Yo estoy de este milagroso lado, que va a cambiar el mundo. Que va a hacer la diferencia. Que te va a ahogar con tantos ideales. Que piensa tanto que no vas a poder ignorarnos. Yo estoy del lado que quiero estar, rodeada de moviemientos, cada reunión, cada junta, cada organización, cada marcha, todo para demostrarles que estamos aca, y no nos resignamos a la primera.
Me siento bendecida, por más que sea atea, a estar de esta parte. Los que no creen en lo que le impongan, de los que hacen sus propias reglas. De los que no nos dejamos encerrar en esas carceles de burocracia y falsa moral.
Aca rebalsamos de ideales, así que mejor que nos seamos conocidos por "la generación del vacio", solo porque no nos atamos a su política o su manera de vivir.
Voy a cambiarlo todo, me voy a curar. Voy a salvar todo lo que no pude. Voy a gritar, voy a patalear y voy a sufrir todo lo que sea necesario para lograr mis objetivos. No hay más excusas, no quiero saber más nada. Quiero rodearme de amor, de mi familia, de mis amigos, de la música, de mi novio, de la literatura, de el conocimiento, de los animales, de la naturaleza. Voy a hacerlo todo.
lunes, 12 de marzo de 2018
martes, 13 de febrero de 2018
Escuchame
Es que
solo los escucho hablar, opinar y comentar, todo el tiempo, en todos lados. Ya
los siento como un constante murmullo. ¿De verdad quieren debatirlo o solo les
gusta escuchar su propia voz? Déjame contarte porque no me causa gracia,
porque no me rio de ese tipo de humor, porque me tomo las cosas tan en serio
cuando se trata de esto.
¿Por dónde
empezar? ¿Cuánto sabes? Porque yo visite la Ex ESMA, ¿te suena?, fue uno de los
principales centros clandestinos de la última dictadura. Camine por los mismos
senderos que fueron el último día de vida de miles de argentinos. Estuve ahí,
en las habitaciones donde dormían los militares y en el piso del altillo donde
tenían a los secuestrados. Vi en la habitación que hacían parir a las mujeres,
era literalmente de cuatro por cuatro, apenas entraba una camilla ahí, en el
suelo estaba escrito "¿Cómo alguien puede nacer acá?". Caminamos por
el lugar donde los torturaban, y mi profesora, que iba a paso lento atrás de
todos nosotros, contenía el aliento preguntándose si ahí es donde habían tenido
a su hermana, a la que se llevaron y nunca más volvió a ver hace treinta y ocho
años. Estuve ahí, dónde nos mostraron el lugar donde mataron a una estudiante
de nuestro colegio, a una chica que estudiaba en el mismo edificio donde yo,
pero a ella, nunca le permitieron terminar el secundario. Te preguntas por qué
no me puedo reír de sus chistes de los nietos encontrados y de las abuelas de
Mayo, te digo, simplemente, que no puedo.
Me hablan
de Las Malvinas, y yo ya lo sé, fui como cinco veces a recorrer el museo,
conozco sus coordenadas, conozco la fauna y la flora, conozco su historia, como
es su tierra, como es su relieve, conozco que es lo que se gana, que es lo que
perdemos, por qué es lo que luchamos. Fui a esa habitación oscura, entre
cortinas, que tiene una pantalla dónde te muestra el cementerio que está allá,
el cementerio con tumbas sin nombres, con cuerpos nunca identificados, el
cementerio de las familias perdidas. Nosotros nos sentamos a tomar mates con ex
combatientes de la guerra, yo vi al portero que me habría la puerta del colegio
todos los días con una sonrisa, desmoronándose en frente de chicos de 16 o 17
años mientras contaba llorando como su propio coronel lo había intentado matar
a los tiros. Yo los escuche riéndose, mientras se contaban como una vieja
anécdota sobre ese día frío en las islas dónde los ingleses los hicieron cagar
con un arma apuntándoles la cabeza. Yo los vi, yo los conozco. Yo vi todas esas
caras de las que todos se olvidaron pero siguen proclamando "que las islas
son argentinas", y yo me pregunto, de todo esto, ¿eso es lo que más les
importa? No quiero escucharte, porque vos nunca los escuchaste a ellos.
Y ustedes,
que se burlan del feminismo, que dicen que somos unas exageradas. Opinan, sobre
el aborto, que está bien, que está mal, si hay que depilarse o no, si hay que
mostrar las tetas o no. No están prestando atención, no ven lo que
verdaderamente importa. ¿Quéres hablarme sobre moral, sobre ética? Ya va a haber
tiempo para eso, escúchame, escucha las estadísticas. En Argentina, nacen más
de tres mil bebés por año que son hijos de menores. Un 81% son nenas de entre
10 y 14 años, donde más de la mitad son por abuso sexual. Chicas que no tienen
idea de lo que es la educación sexual, que no pisaron una escuela en su vida,
que quizás no tengan ni para comer, que no saben. Sé que es impensado para
ustedes, sé que es otra realidad que les cuesta entender, que "si son
grandes para coger entonces pueden serlo para ser madres", sé que hablan
desde la ignorancia o peor, que tienen cero empatia. Pero si no lo vas a
entender, no hables. Que vos no quieras, no significa que va a dejar de pasar,
sino que mujeres y nenas van a dejar de morir en habitaciones inhóspitas por no
poder pagar un aborto un poco más seguro (porque nadie quiere hacerlo, porque a
nadie le gusta someterse a esa puta operación). Si no lo entendes, si no te
informas, te pido que no trates de callarnos. Porque yo lo sé, lo conozco, lo
vi, lo escucho, lo estudie. Hice un trabajo de "Deconstrucción de la
desigualdad de género", la estudiamos desde lo más mínimo, como las
actitudes dentro de las familias, dentro de las instituciones, en la sociedad,
la trata de blancas, los femicidios, las marchas, las luchas, me informe sobre
todo e inclusive así, intento no opinar porque sé que hay un montón que no sé,
sé que no lo viví todo y sé que no puedo opinar sobre la vida de los demás.
Debaten
sobre la pena de muerte, sobre que hay que matarlos a todos, que es la única
solución, que ellos tienen la culpa por salir a robar e intentar matar a
alguien por un celular. ¿En serio? Me tomo dos putas clases, solo cuatro horas
de Sociedad y Estado para entender la complejidad del maldito sistema que los
discrimina y excluye hasta el punto dónde los marginados viven en una realidad
totalmente paralela que si no salen a robar, no comen. Entiendo que les cueste
muchísimo entender porque después de tanto trabajo te terminaron sacando el
celular, o la billetera. Me robaron un montón de veces, me golpearon, me
sacaron todo, me asustaron, a mí también, yo ya lo conozco. Pero igual, no
pueden darse cuenta que el sistema de mierda en el que vivimos nos hace poner
unos contra los otros cuando el problema viene desde mucho más arriba, el
núcleo de toda esta inseguridad no son los "negritos de mierda" sino
este país que no le da posibilidades de prosperar a nadie, ni a ellos, ni a
vos, ni a mí. Quiere que estemos todos por debajo, que tengamos miedo de los
ladrones de la villa cuando son ellos los que nos están sacando todo. Me
sorprende que no puedan verlo, que culpen al nene que a los cinco años ya
fumaba marihuana, que nunca recibió educación, ni cariño de ninguna parte, que
nunca tuvo una chocolatada caliente a la mañana, que lo culpen a él de todo lo
que está mal en el país. No opinen solamente desde su lugar, nuestra realidad
no es la única que existe.
Ahí está
todo, pero yo no voy a perder el tiempo discutiendo con cabezas cerradas sobre
lo creo o no que está bien, porque la vida está allá afuera y el cambio también.
jueves, 25 de enero de 2018
Se ríen de que quiero salvar el mundo, se ríen de mi tatuaje sin sentido que dice "puedo sentir tu pulso en las páginas", se ríen de mi amor exagerado a los 19 años, se ríen de mi pelo, de cómo hablo, de mi historia. Se ríen y yo me rio también. Porque la vida es muy corta para no reír y tomarse todo demasiado en serio.
viernes, 29 de diciembre de 2017
Vivir la música
Es que no sé cómo explicártelo.
Es que si no sentís de la manera en que nosotras lo hacemos, entonces nunca lo vas a entender.
Desde que era una nena, tenía mente y cuerpo, todo muy chiquito e inocente. Me acuerdo con nueve años, esperando en una fila infinita por cuatro horas. Así se empieza. Llegas sola pero en un par de minutos ya empezas a hablar con la de adelante y la de atrás, cuando te das cuenta ya son un grupo de personas que no conoces pero sabes, que no necesitas esconder los nervios, la emoción, ni siquiera las lágrimas en frente de ellos.
¿Cómo te explico lo que es ver avanzar a la gente después de estar horas esperando?
No conocía lo que era la verdadera adrenalina, hasta que empezamos a correr por las calles alrededor del estadio de River, hasta que me di vuelta y vi la manada de chicas que también corrían con nosotras, no me olvido de esa imagen, eramos como miles pero puedo jurar que latíamos como una.
Estuve en todas partes, al principio tan lejos que a penas podía verlos del tamaño de una tortuguita bebé. Los puntos de vista y los tamaños fueron cambiando.
Pero, a ver, ¿cómo hago para describírtelo? Si es la música, es el alma y no el cuerpo. Son todos los sentidos no solo la vista y el oído. Son todos los momentos y no justamente ese. Son todas las personas y no solamente vos, ni ellos.
Es como cuando estas al borde del colapso, a punto de gritar, contiendo las lágrimas; pero para que nadie te vea, te encerras y pones la música muy fuerte para no escucharlos, ni escucharte.
Es cuando estas tan cansado, tan abrumado por el mundo que te pones los auriculares para aislarte en tu propio planeta. O cuando estas solo, y tenes tantas energías que pones esa canción que te hace bailar hasta las células, cuando cantas tan fuerte que solo se escucha tu voz, cuando te moves tan rápido que el ritmo te sale por todas partes.
Eso es estar ahí, es cerrar los ojos y recordar como esa misma canción te salvo tantas veces, como salvo a todas estas personas con las que estas compartiendo ese momento, cuantos otros también se habrán encerrado para escuchar este tema y volver a respirar.
Es que ya no te importa, no importa que te duelan las piernas de tanto saltar, que te estén clavando los codos en la espalda, que te estés comiendo todo el pelo de la chica de adelante, que estés muriendo de calor, que no puedas mover lo brazos, que te falte el aire porque no podes dejar de cantar, mientras se te caen las lágrimas de felicidad; porque es tu alma la que se siente plena.
Aunque lo intente describir, no sabes lo que es, porque no lo sentís de esta manera.
Y yo, desde los nueve años hasta hoy, que estoy por cumplir veinte. Voy a seguir esperando en esta fila, porque es el único lugar donde sé que está mi felicidad más pura y sincera. Porque sentir todo eso, hasta olvidarme de mi cuerpo, de mi nombre, de mi historia, del mundo asfixiante; ahí es dónde verdaderamente me encuentro, con mi esencia, con la nena que fui y que siempre voy a ser. Porque no cambio por nada a esas amigas fugaces de conciertos, y nunca me arrepentiría de vivir así la música, tan personal pero al mismo tiempo compartiéndola con miles.
Es que si no sentís de la manera en que nosotras lo hacemos, entonces nunca lo vas a entender.
Desde que era una nena, tenía mente y cuerpo, todo muy chiquito e inocente. Me acuerdo con nueve años, esperando en una fila infinita por cuatro horas. Así se empieza. Llegas sola pero en un par de minutos ya empezas a hablar con la de adelante y la de atrás, cuando te das cuenta ya son un grupo de personas que no conoces pero sabes, que no necesitas esconder los nervios, la emoción, ni siquiera las lágrimas en frente de ellos.
¿Cómo te explico lo que es ver avanzar a la gente después de estar horas esperando?
No conocía lo que era la verdadera adrenalina, hasta que empezamos a correr por las calles alrededor del estadio de River, hasta que me di vuelta y vi la manada de chicas que también corrían con nosotras, no me olvido de esa imagen, eramos como miles pero puedo jurar que latíamos como una.
Estuve en todas partes, al principio tan lejos que a penas podía verlos del tamaño de una tortuguita bebé. Los puntos de vista y los tamaños fueron cambiando.
Pero, a ver, ¿cómo hago para describírtelo? Si es la música, es el alma y no el cuerpo. Son todos los sentidos no solo la vista y el oído. Son todos los momentos y no justamente ese. Son todas las personas y no solamente vos, ni ellos.
Es como cuando estas al borde del colapso, a punto de gritar, contiendo las lágrimas; pero para que nadie te vea, te encerras y pones la música muy fuerte para no escucharlos, ni escucharte.
Es cuando estas tan cansado, tan abrumado por el mundo que te pones los auriculares para aislarte en tu propio planeta. O cuando estas solo, y tenes tantas energías que pones esa canción que te hace bailar hasta las células, cuando cantas tan fuerte que solo se escucha tu voz, cuando te moves tan rápido que el ritmo te sale por todas partes.
Eso es estar ahí, es cerrar los ojos y recordar como esa misma canción te salvo tantas veces, como salvo a todas estas personas con las que estas compartiendo ese momento, cuantos otros también se habrán encerrado para escuchar este tema y volver a respirar.
Es que ya no te importa, no importa que te duelan las piernas de tanto saltar, que te estén clavando los codos en la espalda, que te estés comiendo todo el pelo de la chica de adelante, que estés muriendo de calor, que no puedas mover lo brazos, que te falte el aire porque no podes dejar de cantar, mientras se te caen las lágrimas de felicidad; porque es tu alma la que se siente plena.
Aunque lo intente describir, no sabes lo que es, porque no lo sentís de esta manera.
Y yo, desde los nueve años hasta hoy, que estoy por cumplir veinte. Voy a seguir esperando en esta fila, porque es el único lugar donde sé que está mi felicidad más pura y sincera. Porque sentir todo eso, hasta olvidarme de mi cuerpo, de mi nombre, de mi historia, del mundo asfixiante; ahí es dónde verdaderamente me encuentro, con mi esencia, con la nena que fui y que siempre voy a ser. Porque no cambio por nada a esas amigas fugaces de conciertos, y nunca me arrepentiría de vivir así la música, tan personal pero al mismo tiempo compartiéndola con miles.
lunes, 4 de diciembre de 2017
Mi mar y tu calma
Algunas veces, envidio tu indiferencia. La
manera en que ves las cosas, o mejor dicho, la manera en que no ves. No
te das cuenta, seguís y seguís, nada te para.
A mí, en cambio, cada sentimiento me estanca. Todo me paraliza, me lastima, me saca de mí misma. Camino con seguridad fingida frente a lo desconocido, para aparentar una cierta fortaleza que no tengo, porque al más mínimo percance, ya quiero volver, desaparecer, terminar con ese momento.
Vivo con este peso en el pecho, que con cualquier estimulo, aunque sea muy pequeño, ya empieza a arder con una fuerza incesable, aunque todo pase, no para hasta encontrarme llorando en cualquier rincón del mundo.
Vos ahí, tan indiferente a mi universo.
Yo, dejando parte de mis lágrimas en cada almohada, en cada baño, en cada viaje.
Me convenzo que soy fuerte, pero solo me lo repito dentro de mi cabeza, porque no logro formular las palabras, se me olvida como hablar cuando se trata de mí misma.
Y lloro, algunos días de la semana, a veces espero a estar sola, en otras no tengo tanta suerte y trato de calmarme antes de tocarte el timbre o de entrar a trabajar. Es que necesito sacarlo.
El mar y las olas que viven dentro de mí se enturbian por nada, no puedo controlarlas. Intentando esconderlas pierdo mis fuerzas y mis motivaciones. Así que trato de no ocultarlas más, porque tengo miedo de perderme yo.
Son las cinco de la mañana. Las siento correr furiosamente desde la punta de mis pies hasta el centro de mi cabeza. Se genera un caudal catastrófico en mi estomago que ya no sé descifrar ¿Es hambre o sed? ¿Son ganas de vomitar o acaso son solo fantasmas?
Nunca comprendo mi cuerpo, siempre lo siento ajeno a mí, como si todo lo que pasara fuera en segundo plano, narrando como omnipresente sobre mi forma física.
Es como si yo, la que estoy escribiendo, estuviera atrapada dentro de este cuerpo, al cual me adapte, pero no me siento correspondida. Como si algunos hechos o situaciones fueran totalmente independientes de mí, como si a veces no lo dominara porque se desprende de lo que soy.
Así es como me encuentro más en guerra conmigo que con el mundo, porque quiero dormir pero no tengo sueño, quiero salir pero no tengo ganas, quiero tanto pero siempre me quedo en ese limbo, que nunca llega al hacer concreto.
Pierdo mis fuerzas con todo esto, y con vos.
Lucho para no explotarte encima y ahogarte con mi agua salada. Al mismo tiempo que te abrazo rezando que no me cortes, que esta vez no me lastimes, que no se te escape una espina porque me estoy quedando sin parches.
La constante batalla me consume todos los días, mientras te miro y pienso, lo mucho que me gustaría estar durmiendo así como vos, tan sereno y tranquilo. Tan lejano a mis demonios.
A mí, en cambio, cada sentimiento me estanca. Todo me paraliza, me lastima, me saca de mí misma. Camino con seguridad fingida frente a lo desconocido, para aparentar una cierta fortaleza que no tengo, porque al más mínimo percance, ya quiero volver, desaparecer, terminar con ese momento.
Vivo con este peso en el pecho, que con cualquier estimulo, aunque sea muy pequeño, ya empieza a arder con una fuerza incesable, aunque todo pase, no para hasta encontrarme llorando en cualquier rincón del mundo.
Vos ahí, tan indiferente a mi universo.
Yo, dejando parte de mis lágrimas en cada almohada, en cada baño, en cada viaje.
Me convenzo que soy fuerte, pero solo me lo repito dentro de mi cabeza, porque no logro formular las palabras, se me olvida como hablar cuando se trata de mí misma.
Y lloro, algunos días de la semana, a veces espero a estar sola, en otras no tengo tanta suerte y trato de calmarme antes de tocarte el timbre o de entrar a trabajar. Es que necesito sacarlo.
El mar y las olas que viven dentro de mí se enturbian por nada, no puedo controlarlas. Intentando esconderlas pierdo mis fuerzas y mis motivaciones. Así que trato de no ocultarlas más, porque tengo miedo de perderme yo.
Son las cinco de la mañana. Las siento correr furiosamente desde la punta de mis pies hasta el centro de mi cabeza. Se genera un caudal catastrófico en mi estomago que ya no sé descifrar ¿Es hambre o sed? ¿Son ganas de vomitar o acaso son solo fantasmas?
Nunca comprendo mi cuerpo, siempre lo siento ajeno a mí, como si todo lo que pasara fuera en segundo plano, narrando como omnipresente sobre mi forma física.
Es como si yo, la que estoy escribiendo, estuviera atrapada dentro de este cuerpo, al cual me adapte, pero no me siento correspondida. Como si algunos hechos o situaciones fueran totalmente independientes de mí, como si a veces no lo dominara porque se desprende de lo que soy.
Así es como me encuentro más en guerra conmigo que con el mundo, porque quiero dormir pero no tengo sueño, quiero salir pero no tengo ganas, quiero tanto pero siempre me quedo en ese limbo, que nunca llega al hacer concreto.
Pierdo mis fuerzas con todo esto, y con vos.
Lucho para no explotarte encima y ahogarte con mi agua salada. Al mismo tiempo que te abrazo rezando que no me cortes, que esta vez no me lastimes, que no se te escape una espina porque me estoy quedando sin parches.
La constante batalla me consume todos los días, mientras te miro y pienso, lo mucho que me gustaría estar durmiendo así como vos, tan sereno y tranquilo. Tan lejano a mis demonios.
martes, 21 de noviembre de 2017
Un martes más
Los martes son algo así como mis únicos días libres. Cuando no tengo que estar estudiando, haciendo trámites, ni viajar de aca para alla (es decir, muy pocas veces); me pongo a pensar en lo que quiero, los cambios que necesito, lugares dónde escapar.
Hoy me pase dos horas mirando playas de Latinoamérica, dónde me gustaría ir y observando precios inalcanzables para mí. Comencé a mirar a mi alrededor y sentí claustrofobia dentro de la tan conocida habitación en la que vivo, las puertas y ventanas estaban abiertas, pero era mucho más que eso. Me atacó un fuerte sentimiento de encierro, a mi casa, a mi ciudad, a mi rutina.
Puse adentro de mi mochila un par de cuadernillos, un libro, lapiceras de colores, una botella de agua y me fui con mis auriculares a uno de mis lugares favoritos de Buenos Aires.
Porque el sentimiento de prisión me sofoca y no quiero estar condicionada por nada, necesito demostrarme que tengo posibilidades todavía, a pesar de todo, de tomar las decisiones que necesite en el momento para alimentar mi alma.
Hoy me pase dos horas mirando playas de Latinoamérica, dónde me gustaría ir y observando precios inalcanzables para mí. Comencé a mirar a mi alrededor y sentí claustrofobia dentro de la tan conocida habitación en la que vivo, las puertas y ventanas estaban abiertas, pero era mucho más que eso. Me atacó un fuerte sentimiento de encierro, a mi casa, a mi ciudad, a mi rutina.
Puse adentro de mi mochila un par de cuadernillos, un libro, lapiceras de colores, una botella de agua y me fui con mis auriculares a uno de mis lugares favoritos de Buenos Aires.
Porque el sentimiento de prisión me sofoca y no quiero estar condicionada por nada, necesito demostrarme que tengo posibilidades todavía, a pesar de todo, de tomar las decisiones que necesite en el momento para alimentar mi alma.
jueves, 9 de noviembre de 2017
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


