jueves, 16 de agosto de 2018

Un texto sin forma

Son las doce y media del mediodía de un jueves, y yo no sé que hacer.

Estas horas que paso sola,
encerrada en mi casa
(en mi cabeza),
siento que todo esto es tiempo perdido.
Es tiempo que podría pasármelo acariciándote,
pero no,
estoy acá escribiéndote
y no es lo mismo.

Mi té de desayuno
ya no tiene el mismo sabor,
si lo tomo en la soledad de mi mesa
y no viene acompañado
de un beso tuyo.

Leí que en el momento
que uno verdaderamente se conoce a sí mismo
es cuando no depende
de hablar con otra persona todo el tiempo
y no necesita dormir acompañado.
¡Que ganas de ser suficiente para mí!
pero los días eran más soleados
cuando me despertaba en tus brazos.

Y pensándolo bien,
tampoco tengo muchas ganas de conocerme
a mí misma,
no me soporto.
Volver a ser yo,
cuando no me importa nada ni nadie,
es ser libre
pero también es ser una persona muy diferente
a quién soy ahora.
Es dejar ir esta finita vida que formamos
juntos
para comenzar otra.

Otra vida
donde no tenga a mi voz interior diciéndome
"hablale,
llamalo y háblale por cinco minutos,
nadie se va a enterar,
no va a pasar nada",
donde no necesite saber si estas en línea,
donde los buenos días puedan empezar en otro lugar
que no sea tu cama.

Lo que escribo ya no tiene forma
porque así me siento,
indefinida
sin determinaciones.

Ya quiero dejar de extrañarte,
dejar de sentir
este dolor en el pecho
que no me deja seguir adelante.

Ojala que vos
también puedas curarte
y no volver a mí,
ser tu mejor versión
lejos de gente tóxica
(como yo)
Y brillar
como solo vos sabes hacer
con tu alma pura
y tu sonrisa.

Nos deseo lo mejor a los dos,
porque todo pasa,
y eso siempre lo supe.
(Aunque este limbo en el vacío
donde me encuentro ahora
parece interminable)



miércoles, 1 de agosto de 2018

¿Cómo?

Yo me pregunto ¿Cómo se vive con el corazón roto?
¿Cómo se camina, como se habla, cómo se va a trabajar?
Si yo intento disimularlo, pero todos se dan cuenta, me miran con esa misma tristeza que yo reflejo (que no puedo ocultar), todos me tratan como algo frágil, como si estuviera al borde de un abismo.
Yo de verdad intento, seguir, manterme positiva. Al menos llorar solo cuando nadie me ve.
Es que esto, lo que siento, está solo en mí ahora, digan lo que digan, sé que yo sola voy a tener que rearmarme y superar. Ya conozco esta historia, eso no la hace más fácil.
Soy tan cliché de escribir siempre de lo mismo. Es que lo hago para mí, para poder soltarte de poco, de a textos.
Es que es muy dificíl dejar ir a alguien que amas tanto, pero peor es saber que ese amor es correspondido, que del otro lado también hay alguien sufriendo; pero nos separan tantas cosas que es imposible correr a sus brazos otra vez.
13.05.18

domingo, 15 de julio de 2018

Cuando (nos) pierdo


Que miedo que me dan esos momentos, en los que me pierdo a mí misma.
Cuando no puedo serme fiel, no puedo confiar en mi, no puedo cumplir con mis ideales que son lo que me forma como persona, cuando me traiciono, cuando siento que me lastimo. Que horror.
Siempre hago que todo sea sobre mí, cuando esto tendría que ser sobre vos.
Algunos dicen, que no podes amar a alguien más antes de amarte a vos mismo. Lo único que sé es que nadie puede decir cuando es correcto, correspondido y está bien amar. Cada uno a su manera.
A veces me enojo tanto con vos, porque te pones en contra de mis argumentos, que para mí tienen un fundamento tan sólido que no puedo entenderte; después te agradezco por eso, por hacerme ver las cosas de una manera diferente, por las distintas perspectivas, por como cambias mi visión sobre todo, me expandís los parámetros, me haces reinventarme cada vez más, me llevas a evolucionar.
Y otras veces, me enojo conmigo misma, me odio y a mí si que no me quiero escuchar. Porque yo no tengo razones cuando hago las cosas mal, lo hago porque sí, porque después de todo, esa también es una parte verdadera de mí, y ahí es cuando me detesto. Me doy asco a mi misma cuando me pierdo, cuando me olvido, cuando hago las cosas sin pensar y después me arrepiento.
Que fácil es decir que me equivoque, pedir perdón y listo. Total no se puede deshacer, así que el peso va a terminar siendo solo tuyo. No quiero eso. Tampoco quiero ocultarme, no sé cual de las dos opciones es más deshonesta, más cruel. No sé cuál duele menos.
No sé que hacer, y es una lástima que esta vez no pueda pedirte consejos, que no te tenga a vos para solucionarme, para hacerme ver más opciones.
Porque estas directamente involucrado.
Me siento perdida, no me reconozco, no sé cómo seguir. Ya ni siquiera sé que es lo correcto, o que es lo mejor.
Solo sé que te necesito, porque sos el único que me dice la verdad mirándome a la cara, el único que me enfrenta, el único que me habla sin filtros, que me ve realmente como soy. El que me mira y me reconoce, que siempre me encuentra, que sabe guiarme cuando lo necesito. Que está al lado mío siempre pero sabe como dejarme libre, que no me deja ponerme limites, que no me deja quedarme estancada.
Lo único que entiendo de mí misma ahora, es que te amo.

jueves, 14 de junio de 2018

El texto más largo de mi vida

Voy a escribir, lo que probablemente para mí, sea uno de los textos más largos de mi vida.
Como siempre, escribo solamente para liberarme, y hoy me siento más poderosa que nunca. No tengo miedo, no tengo vergüenza, no me siento sola.
Mis compañeras me dieron la fuerza para poder contar lo que hace años me está consumiendo por dentro, gracias a ustedes, por hacerme invencible. Por enseñarme tanto cada día.
Fue la segunda vez que tenía relaciones sexuales. Yo tenía diecisiete años. No me voy a victimizar, porque me hago cargo de cada una de mis decisiones. Aunque me arrepienta eternamente. Soy responsable de mi cuerpo, lo fui ese día y lo soy hoy.
De lo que más me arrepiento de esa noche, sinceramente, es de mi ignorancia. Sabía que tenía cuidarme, pero no me animaba a pedirlo, lo que iba a pensar de mí, que se iba a dar cuenta que no tenía experiencia, que era una de mis primeras veces. Tenía mil pensamientos en la cabeza, estaba tan nerviosa, tan pensativa, tan callada, probablemente uno de los peores momentos de mi vida, con alguien que le importe muy poco, que no me aviso, que no me cuido, que nunca me dijo nada.
Lo que verdaderamente me avergüenza es lo poco que conocía de mi cuerpo, de la sexualidad en sí, no sabía de los ciclos fértiles, no sabía del líquido preseminal. No sabía de cosas que son fundamentales en la educación sexual.
Ese día pasó sin pena ni gloria para mí, nunca lo volví a ver, o quizás sí, pero todavía me cuesta mirarlo.
Pasó un mes, no estuve con nadie más, me sentía rara, tenía miedo, no confiaba en nadie. No menstruaba y dentro mío ya lo sabía, intentaba ignorarlo, no lo hablaba con nadie. En realidad estaba todo el tiempo triste pero no quería decirlo en voz alta, no quería hacerlo real, “está todo en tu cabeza” me repetía a mí misma.
Un mes y medio. Nada. Ya estaba segura, nadie me lo dijo pero yo sabía. Le decía a mi mamá, medio en chiste para no asustarla, que quería ir a una ginecóloga y que si iba a comprar me traiga coca; así eran solo dos pedidos aislados, nada para preocuparse.
Me fui unos días de viaje, y me prometí a mí misma hablarlo con ella cuando vuelva.
Es que ya no podía sola, no podía dejar y dejar pasar el tiempo, llorar todas las noches, correr al baño cada hora para ver si me bajaba, buscar en google, llorar un ratito más, callarme y sonreír.
Le dije a mi mamá y empezó la tormenta. A la que yo llamo, el huracán de la reina del drama, donde yo era la única protagonista y el único nudo de la historia.
No tenía obra social. La doctora particular nos cobrara trescientos pesos por consulta. Me revisó y me dijo que según las fechas podría ser, pero que por lo que veía en mi cuerpo por ahí no. Me dio la orden para un análisis de sangre y un turno para la semana siguiente.
Me acuerdo cada puto detalle de ese estudio. Fui a la mañana con mi mamá, ya casi no podía mirarla a la cara, no quería sentir esa decepción que tenía en los ojos. Esa misma decepción que yo misma veía cuando me miraba al espejo.
No le respondía a la enfermera, a la recepcionista, a nadie, me costaba articular cada palabra, mil veces peor cuando me preguntaban qué edad tenía.
A la tarde fui a buscar lo resultados con quién en ese momento era mi novio. “Yo estoy para vos, no importa lo que pase” me decía, pero  yo ya me sentía media muerta, media rendida.
Salimos de la clínica, en la esquina de Lincoln vi el positivo. Deje de sentir. Dejo de girar el mundo. Deje de tener un cuerpo. Deje de respirar. Me fui. Pero seguí caminando, no hice ningún gesto que pudiera darle una señal, seguí caminando y me compre un McFlurry. Él me miraba con lástima e insistía en que le diga el resultado, “por cómo estas supongo que dio negativo” me dice, pero él no entendía, porque yo ni siquiera estaba más, yo ya había desaparecido.
Nos sentamos en la plaza, me acosté en el pasto, le di los resultados, le mande un mensaje a mi mamá. Y lloré en la plaza San Martin hasta quedarme sin aire, hasta quedarme sin lágrimas, hasta quedarme sin vida. El helado se hizo líquido y yo no probé ni un bocado.
Me llamó mi tía llorando y me dijo “te amo tanto, más que a nada y no te preocupes que estoy para vos, en todo lo que necesites, siempre te vamos a apoyar, mi negra”,  ¿quién soy yo sin mi familia? Pensé, y en ese momento supe, que yo ya no era nada, que solo importaban ellos, que haría cualquier cosa solo por la felicidad de ellos, porque yo nunca más iba a volver a ser enteramente feliz.
Volví a casa, mami tenía los ojos más rojos que yo, pero intentó trasmitirme confianza. Yo no podía más.
Me encerré en la pieza. Yo ya estaba llorando hace meses. Pero escuchar a mi mamá llorando en el living, por mi culpa. No se lo deseo a nadie, es uno de los sentimientos más horribles que tuve en mi vida. Hacer a llorar a mi mamá así, dios, me sentía el ser más despreciable en el mundo.
“Yo ya estoy muerta” pensaba, “No importa lo que pase, porque ya no existo, tome la decisión que tome, nunca voy a ser la misma. Así que voy a hacer lo que ellos quieran, voy a tener un bebé y ser la mejor mamá del mundo, o no voy a tenerlo. Pero es su decisión, no la mía. Yo ya no estoy.” Me repetía cada segundo en mi cabeza. Sinceramente, ya no me importaba nada de mí misma.
Después se lo tuve que decir a mi papá, por teléfono, él vivía en Neuquén en ese momento. Obviamente fue mi mamá la que hablo con él, yo solo lo escuche, lo salude y él me felicito; “no me sorprende de vos” me dijo, y esas palabras me marcaron hasta el día de hoy. El hombre que me decepciono todos los días durante mis diecisiete años, me dice que eso lo esperaba de mí, que yo era así de predecible, que era obvio viniendo de mi parte.
Me dolía todo, pero nada se compara con lo que fue decírselo a mi hermano. Golpeó las paredes, gritó y lloró como nunca lo vi llorar en mi vida. ¿Saben lo que es decepcionar así a la persona que más amas en el mundo? “Es mi hermanita” gritaba, y yo ya no era nadie. Yo era diminuta comparada con toda la situación.
Pasaron mil cosas en tan poco tiempo. La doctora me dijo que ya no podía hacerlo con pastillas, pero que tenía un colega que hacía ese tipo de intervenciones, nos dio el número. Mi novio me dijo que no lo haga, que él se hacía cargo, que si lo hacía me iba a dejar porque era una asesina. Mis amigas no estaban, no sé qué paso, se lo conté pero después me entere que se difundieron rumores entre los del colegio, creo que todos lo sabían, yo no quería hablar con nadie. Otra de mis tías me hacía tomar litros y litros de un líquido que ella había preparado con unos yuyos, “esto la ayudo a mi hija a menstruar” me decía, y a mí el gusto me daba ganas de vomitar, pero ya estaba resignada. Fuimos al departamento donde este doctor tenía su consultorio, ocho mil pesos nos dijo. Yo vivía encerrada en casa, “voy a dejar de comer hasta morirme” se me ocurrió, pero nunca fui buena para eso. “Voy a cortarme, voy a perder mucha sangre así me olvidó, así dejan de preocuparse por mí, así dejo de hacer mal a mi familia”, pero soy una cobarde, lo fui desde el primer día y lo seguía siendo. No hable más con mi papá, unos meses después me enteré que todo ese tiempo se la paso tomando alcohol y estando borracho todos los días. Con mi hermano nunca hablamos del tema, hasta hoy en día, con solo mirarnos ya nos entendíamos, las palabras estaban de más.
Tenía cita con el doctor una semana antes de navidad. Yo estaba durmiendo la siesta y mi hermano me dice “acá te dejo la plata” y se fue a trabajar. Mi mamá no estaba, me encontraba con ella directamente en el consultorio porque también estaba trabajando.
“Tomate esta pastilla unas horas antes de venir” me había dicho el doctor. Pero nadie me aviso que iba a estar sola en el baño de mi casa, con mi útero retorciéndose y perdiendo tanta sangre, había coágulos en el pasillo, era demasiada, no podía limpiar nada por el dolor, no me podía mover, no podía llamar a nadie; además, ¿con quién me voy a quejar? Si después de todo, yo sola me busque esto.
Estaba muy asustada, perdía un montón de sangre, no sabía si era normal, faltaba una hora para irme, no sabía que hacer. Me quede sentada en el baño hasta que tuve que viajar.
Llegamos, le di la plata a mi mamá y me acosté en la camilla. Quería terminar con todo, “si me tengo que morir, bueno, que así sea” fue mi último pensamiento hasta que la anestesia hizo efecto.
Me desperté de un sueño tan profundo, que no tenía idea de dónde estaba. “Tengo tantas ganas de hacer pis que no me puedo mover” pensé, y cuando me di cuenta, no eran ganas de nada, era puro dolor. El doctor y su esposa me ayudaron a vestirme, a pararme, a salir de la habitación.
Abrace a mi mamá, me dio un poco de fuerzas para seguir, al menos un por un ratito más.
Nos saludamos rápido y salimos a la calle, yo me apoyaba en ella porque apenas podía mantenerme en pie, el camino hasta la remisería fue un infierno, creí que no llegaba. Pero me prometí a mi misma que no me iba a desvanecer en el piso, no le podía hacer eso, tenía que aguantar, tenía que seguir, tenía que llegar a casa.
Después de ese día también pasaron miles de cosas, ninguna buena, obviamente. Lloramos las dos y se fue a comprarme los medicamentos. No me podía levantar, no tenía fuerzas para comer. Sangraba un montón, sangre por más de un mes, creí que no iba a parar nunca, creí que me tendría que resignar a vivir así para siempre. Hacía mucho calor, pasaron las fiestas en mi casa y mi mamá me decía que no me fuerce en la escalera, que no tome alcohol, “es que es un tratamiento para unos problemas que tiene en lo ovarios” le decía a mi familia, y todos nos hacíamos como si lo creyéramos. Me peleaba con mi novio, pero era lo único que tenía. Mis amigas no estaban, no sabían, ya no hablaba con ellas. Seguía sangrando. Un día fui a visitar a mi prima y le manche la cama, me daba vergüenza existir, me encerré en el baño por horas. Más tarde ella me dijo que lo que hice la desilusionó mucho, que no lo esperaba de mí, pero que sabía que lo hice por mi hermano y por mi mamá. Perdí las cuentas de las  personas a las que decepcione, de las noches que no dormí por estar llorando, de la cantidad de toallitas que gastaba por día. Una vez me desperté, y tenía leche en las mamas, “soy una enferma, y tengo un cuerpo enfermo” me decía a mí misma, que odio me tenía, no quería que nadie me toque, ni que me hablen. Me daba vergüenza estar encerrada en mi propio cuerpo. Fue el infierno eterno.
Claro que esto es un pequeño resumen de lo que de verdad fueron todos esos meses. Me prometí a mí misma que me iba a redimir con todo lo que hice, que iba a estudiar, trabajar, de tratar de ser mejor, ayudar a mi familia. A la única persona que se lo conté fue a mi mejor amigo, todavía me cuesta horrores hablar al respecto, no puedo pensarlo ni siquiera que ya se me quiebra la voz. Por años me sentí tan vulnerable y despreciable.
Pero hoy, hoy que se aprobó el proyecto de ley en la cámara de diputados. Que vi a mis compañeras durmiendo con cuatro grados afuera del congreso. Que camine entre ellas, que me llenaron de fuerza, que gritaron por todas. Que puedo ver lo afortunada que fui, por tener los recursos, por tener a mi familia, por tener la plata para hacerlo, para salir viva.
Hoy puedo decirlo, no porque este orgullosa, sino porque al menos, ya no tengo miedo. Porque las tengo a ellas, y nunca más me voy a sentir sola, nunca más voy a estarlo.
Porque me dicen que solo uso el pañuelo verde porque está de moda, porque nos gusta joder, porque queremos hacer quilombo, porque no entendemos nada. Me dicen que no sé por lo que lucho, ni lo que representa. Me dicen que me informe, que lea, que no tengo fundamentos, que ya me voy a olvidar. Y yo solo me rio ¿qué saben ellos?
Hicimos historia, y vamos a seguir luchando para que podamos ser dueñas de nuestro cuerpo, para que las pibas puedan elegir, como yo pude elegir, de seguir con mi carrera, con mi futuro, con mi vida.
Eternas gracias a cada mujer con el pañuelo verde, gracias por hacerme fuerte.
Y ahora, que se viene la revolución, no nos callan más. Porque si no es con las pibas ¿Entonces con quién?


jueves, 10 de mayo de 2018

Buscando una manera de sacarte de mi vida, se me ocurren miles, pero ninguna que no me duela.
Es que, ¿cómo hago? para dejar de hablarte, si hace más de dos años que sos parte de mí, que sos mi diario intimo, al que le cuento todo, en los mejores días y en los peores. Te hablo hasta en mi mente para después decírtelo cuando te vea, te hablo todo el tiempo, te hablo ahora, cuando escribo, sabiendo que nunca me vas a leer, que no me vas a responder, que no me vas a escuchar. Te escribo igual.
Si sos mi lugar de paz, mi día de descanso, mi tesito de merienda. Sos el único lugar donde siento que pertenezco, donde me siento yo misma, donde no tengo que preocuparme por nada. Sos el único que me hace sentir segura, que me hace sentir acompañada.
Imagino mi vida, donde ya no tenga tus abrazos, ni tus besos, ni tus caricias. Imagino mi vida sin vos, y ya estoy llorando.
No me acuerdo como era. La vida me pesa el doble cuando tengo que enfrentarla todos los días yo sola. Sé que soy suficiente, pero eso no quita el dolor, el dolor que se que se viene.
Y lloro, bebé. Porque estas pero no.
Intento no ponerme intensa, pero es la única manera que sé sentir.
Intento ser más poética, más elegante, más literaria. Pero las palabras se me pierden en el huracán que hay en mi estomago, y bueno, salen las que pueden, las que se salvan, las que quedan.
Pienso, en la inmensidad de tristeza que siento, y sabiendo que prácticamente todas las personas del mundo pasan o van a pasar por lo mismo, igualmente me siento tan sola aca, intentando amarte un poquito menos para que no sea tanto el sufrimiento.
Hay una violenta tormenta afuera (y adentro), que no sé que hacer, en estos momentos son en los que te pido consejos, te pido refugio. Pero ahora no tengo donde esconderme, y hace tanto tiempo que no me quedaba varada abajo de la lluvia, sin techito, sin abrazos; que me olvido como moverme, como ver, como seguir.


jueves, 26 de abril de 2018

Nuestra lucha


Hoy estaba caminando, pasaron como ocho hombres por al lado mío y todos me dijeron algo, cinco pasos más: los albañiles también tenían que dar un comentario, en esa misma esquina, uno me tocó bocina desde el auto. Me repugnan, los odio, porque cuando les contesto se ríen de mí, ¿Qué no valgo nada? ¿Cómo le explicamos que no nos gusta que nos piropeen en la calle? Ya se lo dijimos de todas las maneras posibles y después dicen  que nosotras somos las violentas. Nosotras, que bajamos la cabeza cuando pasamos por un grupo de chicos así no creen que los estamos provocando ni nada. Cuando les contestamos, tenemos terror porque quizás se ofenden y nos hacen algo.
Desaparecen chicas, las secuestran, las violan, las matan, las golpean. Todo el tiempo, en todas partes. No tenemos lugar de paz, es asfixiante.
Y encima nos critican, encima cualquier cosa que hagamos para ser escuchadas, lo usan como producto de burla, de chistes, de agresiones. ¿Cómo estar tranquila así?
Una chica violada por cinco tipos, que hizo la denuncia, había videos y fotos; el juez los condeno solo a nueve años porque "no se ve que ella se haya negado". Nueve años nada más para esos enfermos. ¿Saben a quién también condenaron a nueve años de cárcel? A una mujer que sufrió un aborto espontaneo y fue condenada por homicida.
No los entiendo.
Lloramos a los gritos, rompemos todos, hablamos en todas partes, nos desnudamos, nos tiramos al piso, nos escondemos, nos callamos, lo bancamos, cada una lo enfrenta como puede, y aun así, nadie nos toma en serio, nadie nos escucha realmente, a nadie le importa de verdad. No puedo explicar lo desesperante que es.
La mitad del país, los que tienen consciencia de clase, los que están informados sobre la realidad, los que tienen empatía; todos pidiendo por el aborto legal. Por todos los casos donde el Estado (como tantas veces) le dio la espalda a las mujeres. Mujeres sin recursos, sin conocimientos, mujeres con miedo, a las que las ignora.  Mujeres a las que culpabiliza por no querer dar un hijo en un mundo enfermo que no la ayuda, que cuando nazca esa misma sociedad que pide por su vida lo va a dejar morir de hambre.
Son tan hipócritas.
No les entra en la cabeza como las feministas "pueden ser tan egoístas de pedir solo por sus derechos", cuando muchos de ellos lo tienen servido desde el día en que nacen. No tuvieron que luchar por poder votar, por poder trabajar, por poder tener un puesto político o importante, por muchas cosas que nosotras sí. Pero a ellos no se les juzga, ¿Cuántos padres abandonaron a sus hijos? Nadie menciona eso, porque es algo “normal”.
No puedo explicar lo enojada que estoy porque no nos dejen decidir por nuestro cuerpo, nuestra vida y nuestro futuro; solo porque hay células desarrollándose en nuestro útero, que sí se va a convertir en una vida y nosotras nunca mataríamos a un bebé; por eso pedimos interrumpir el embarazo antes de los tres meses cuando el embrión a penas se comienza a denominar feto, no siente dolor, no siente nada, está en formación, no es un ser humano todavía. Y nosotras, los cuerpos gestantes, si somos seres humanos, si sentimos el dolor de que te den la espalda en hospitales públicos y tener que ir a un centro clandestino con una persona que probablemente no está capacitada para esa operación.
Es tan injusto que les indigne que tome una decisión sobre mi cuerpo, pero que no les indigne la burocracia que es adoptar, ni los huérfanos maltratados en los hogares, ni lo nenes durmiendo en la calle o pidiendo plata en el tren.
Solo les importa ser injustos con nosotras, que aceptemos la sumisión que declara la naturaleza que las mujeres solo sirven para procrear y criar hijos, que es nuestro principal deber y lo más importante de nuestra vida, en las condiciones que sea. Que aceptar ser madre es incluso más importante que ser vos misma.
Dicen que no las representamos, obviamente, cada una vivió sus experiencias y fue violentada de una manera distinta; porque todas lo fuimos, consciente o inconscientemente. Porque es cultural, porque siempre tuvimos que servir, callar y aceptar.

Por Chiara, por Lola, por Melina, por Paola, por Nicole, por Araceli, por Angeles, por Candela, por Micaela, por todas y cada una vamos a seguir luchando; porque en nosotras, compañeras, está el cambio.
No vamos a parar, la revolución será feminista o no será.



miércoles, 18 de abril de 2018


Que dolor en el pecho me da pensar en que nunca vas a poder amarme de la forma en que yo lo hago.
Es que me cuesta entender, que cada uno tiene su forma de querer, y esta bien, no puedo pedirte más de lo que podes dar. Pero tampoco puedo amarte con menos intensidad.
Tengo una mente enferma, y es la única manera en que me sale expresas mis sentimientos.
Hay un remolino de palabras y frases que quiero gritarte, pero no puedo ni siquiera mantenerte la mirada, me siento tan diminuta cuando tengo tus ojos sobre mí; no me acuerdo mi nombre, mucho menos me acuerdo de cómo hablar.
¿Qué es ese poder que tenes sobre mí? Que no puedo dejar de pensar en lo mucho que te necesito, y cuando me abrazas, casi que me pongo triste porque sé que eventualmente se va a deshacer, ese momento, o vos, o yo, o todo esto.
¿Cómo me curo de vos si sos mi única medicina? ¿Cómo hago, mi amor, para seguir así?